Por Oswald J. SmithPermítame contarles cómo Dios me enseñó a dar. Nunca jamás lo olvidaré. Era una lección que ha quedado conmigo hasta el día de hoy.Yo había servido como Pastor, de una gran iglesia de Toronto, Canadá. Un día presenté mi renuncia, y después de un tiempo llegué a ser Pastor de una congregación que acostumbraba dar para la Obra del Señor de una manera que
nunca había conocido antes. Comencé este nuevo pastorado el primer domingo de enero, durante el tiempo de la Convención Misionera Anual de la congregación. Nunca había tenido experiencia de tal clase de convención. Ni sabía la menor cosa que hacer. Así que, me quedé sentado en la plataforma, observando lo que pasaba. Durante una sesión, los ujieres iban por los pasillos repartiendo sobres. De repente, para gran sorpresa mía, uno de los ujieres tuvo el atrevimiento de acercarse a mí y entregarme a mí –el Pastor- uno de los sobres. Me senté allí con el sobre en la mano. Jamás olvidaré ese momento. Todavía lo puedo recordar como si fuera ayer no más. Al sostenerlo en la mano leí: “Confiado en Dios, me esforzaré en dar para la obra misionera $________ durante el año en curso.” Jamás había leído semejante promesa antes. Dense cuanta que era la Primera Convención Misionera a la cual había asistido. No sabía que aquella mañana Dios estuvo al punto de enseñarme una lección inolvidable, una lección que yo por mi parte compartiría con veintenas de otras iglesias durante los años venideros.
Primero comencé a orar. Dije: “Señor Dios, no puedo hacer nada. Bien sabes que no tengo nada. No tengo ni un centavo en el banco. No tengo nada en el bolsillo. Esta congregación solamente me ayuda con $25.00 dólares semanalmente. Tengo una esposa y un hijo para sostener. Estamos procurando comprar una casa. Además, los precios en las tiendas están por las nubes.” Todo lo que dije era verdad. Pues era durante la Primera Guerra Mundial.“Todo eso lo se muy bien.” Me contestó el Señor en la quietud de mi corazón. “Yo se que recibes solamente $25.00 dólares por semana. Se que no tienes nada en el bolsillo y nada en el banco.” “Pues bien,” seguía mentalmente con mi oración, “se ve que es un asunto terminado. No tengo nada para dar, y como es natural en tal circunstancia no puedo dar nada.”Fue entonces que el Señor me habló de nuevo. ¡Cómo podría olvidarlo! “No te pido lo que tú tienes,” dijo Él. “¿No me pides lo que tengo, Señor? Entonces, ¿Qué me pides? Fue mi respuesta. “Te estoy pidiendo una Ofrenda de Fe. ¿Por qué cantidad puedes confiar en Mí?” “Oh, Señor,” exclamé, “ese es un asunto completamente distinto. ¿Por cuánto puedo confiar en Ti?”
Por supuesto, nada sabía de una Ofrenda de Fe. Jamás en la vida había dado tal clase de Ofrenda. Pero supe que el Señor me hablaba. Pensé que tal vez me pediría $5.00 dólares, o cuando más, quizás $10.00 dólares. Una vez en mi vida como Pastor había dado $5.00 dólares para la obra misionera, una vez $3.00 dólares, y una vez $2.00 dólares. Pero nunca había dado más que $5.00 dólares a la vez. Casi temblaba esperando la respuesta. De repente habló Dios. No voy a exigirles a que crean que habló El a mi oído físico. Pero, si, era algo tan real como si lo oyera con mis oídos físicos. Apenas tenía conciencia de la congregación, mientras me sentaba allí con los ojos cerrados, atento a la voz de Dios.
Dios me estaba enseñando y disciplinando esa mañana, aunque no reconocía en aquel tiempo que estaba aprendiendo una gran lección en la Escuela de Dios. “¿Cuánto puedo dar?” pregunté al Señor. “Cincuenta dólares,” vino la respuesta clara y definida. “¡Cincuenta dólares!” exclamé sorprendido. “Pues, Señor, esa cantidad es igual al sueldo para dos semanas. ¿Cómo puedo reunir esa cantidad?” Pero el Señor volvió a hablar, y siempre indicó la misma cantidad. Era tan claro como si El hubiera hablado con voz audible. Todavía recuerdo como mi mano temblaba mientras tomé mi lápiz y escribí mi nombre y dirección, e indique mi promesa de $50.00 dólares.Hasta ahora no puedo decir como era posible, humanamente, pagar esa cantidad.
Lo único que se decir es, que cada mes, tuve que orar que Dios me proveyera $4.00 dólares para cancelar la cuota mensual de $4.00 dólares, y que cada mes, de una manera milagrosa, Dios lo proveyó. Al finalizar el año, había pagado la cantidad total de $50.00 dólares. Pero quiero recalcar una cosa. Recibí tal bendición, vino a mi corazón tal plenitud de Espíritu, y tal gozo indecible, que me di cuenta que era una de las experiencias más grandes de mi vida.Tan grande era la bendición espiritual que me vino por medio de esa Ofrenda de Fe, confiando en Dios por una cantidad especifica, que el año siguiente hice una promesa doble, o sea de $100.00 dólares. Y desde ese día hasta ahora, el Señor me ha permitido depositar muchos millares de dólares en el Banco del Cielo. Si hubiera esperado hasta tener el dinero en la mano, no lo habría dado, porque jamás tendría esa cantidad de sobra. Pero di por fe cuando no tenía el dinero en la mano.Di una OFRENDA DE FE y Dios la honró.











